No me gusta volver sobre un mismo tema tan pronto, pero es que me lo han puesto a “huevo”.
Con este cartel de aquí al lado que en el día de hoy se puede ver en casi toda la prensa tanto digital como escrita, la Iglesia española inicia una campaña en contra de la reforma de la Ley del Aborto que prepara el Gobierno y en la que va a gastar un dineral, según se dice, en función de las dimensiones que pretenden darle: 1.300 vallas publicitarias, 30.000 carteles para parroquias y centros católicos de todo el país, y ocho millones de dípticos informativos.
No es la primera vez que la Iglesia española, a través de los máximos responsables de la Conferencia Episcopal, se manifiesta contraria a alguna iniciativa legislativa. En esta ocasión dicen que se trata de una “ley injusta”, llegando a decir incluso que “no tiene carácter de ley”, en otras, como me temo que terminará ésta, salieron a la calle en contra de que se le reconocieran derechos a algunos colectivos que tradicionalmente han sido discriminados, imagino que con toda justicia, la misma con que la Iglesia brasileña ha excomulgado a la madre de la niña de 9 años que quedó embarazada al ser violada por llevarla a abortar, y a los médicos que le practicaron el aborto.
Por lo visto, a la cúpula, tampoco les ha hecho mucha gracia -como ya supuse- que Andrés, el niño al que le han hecho un trasplante de células del cordón umbilical de su hermano, se haya salvado porque el embrión que originó a Javier tuvo que ser elegido de entre otros por reunir una serie de cualidades que le convertirían en el salvador de su hermano y que los otros, los desechados, no tenían.
Creo que tienen derecho a mostrar su desacuerdo y oposición con lo que piensen que va en contra de su moral y la de los católicos -no en vano se erigen en sus representantes-, si bien no estoy con ellos en que traten de imponérsela al resto de ciudadanos, creyentes o no, que, además, no los tenemos, precisamente y por mérito propio, como referentes morales. Tampoco estoy de acuerdo en que el dinero que reciben del Estado sea utilizado para sus campañas, sobre todo si van en contra de lo que mayoritariamente pensamos el resto de ciudadanos del país. También creo que tenemos derecho a no estar de acuerdo con sus postulados y a manifestárselo a la cara sin que por ello deban sentirse atacados ni adoptar posturas victimistas.
Dicen que la Iglesia siempre ha ido con retraso al adaptarse a los cambios sociales, en adoptar decisiones, en modificar su ideario e incluso en asumir determinados posicionamientos científicos aún estando demostrados; debe ser esto lo que le confiere ese carácter tan conservador, tan conservador como que haya tardado 445 años en reconocerle a Galileo que “sin embargo, se mueve”, aunque a Galileo esto le suene a “chamusquina”.
Y a todo esto siguen perdiendo fieles, seguramente o porque no les ofrecen lo que les interesa o porque ya les cansa que hablen en su nombre sin que “comulguen” con lo que dicen. Desde luego, si yo fuese Dios les quitaría la exclusiva de mi representación, o a lo mejor, directamente, los expulsaba de mi templo.









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