¿Y si yo fuera Dios?

17 03 2009

Cartel de la campaña contra el aborto emprendida por la Conferencia Episcopal.

No me gusta volver sobre un mismo tema tan pronto, pero es que me lo han puesto a “huevo”.

Con este cartel de aquí al lado que en el día de hoy se puede ver en casi toda la prensa tanto digital como escrita, la Iglesia española inicia una campaña en contra de la reforma de la Ley del Aborto que prepara el Gobierno y en la que va a gastar un dineral, según se dice,  en función de las dimensiones que pretenden darle: 1.300 vallas publicitarias, 30.000 carteles para parroquias y centros católicos de todo el país, y ocho millones de dípticos informativos.

No es la primera vez que la Iglesia española, a través de los máximos responsables de la Conferencia Episcopal, se manifiesta contraria a alguna iniciativa legislativa. En esta ocasión dicen que se trata de una “ley injusta”, llegando a decir incluso que “no tiene carácter de ley”, en otras, como me temo que terminará ésta, salieron a la calle en contra de que se le reconocieran derechos a algunos colectivos que tradicionalmente han sido discriminados, imagino que con toda justicia, la misma con que la Iglesia brasileña ha excomulgado a la madre de la niña de 9 años que quedó embarazada al ser violada por llevarla a abortar, y a los médicos que le practicaron el aborto.

Por lo visto, a la cúpula, tampoco les ha hecho mucha gracia -como ya supuse- que Andrés, el niño al que le han hecho un trasplante de células del cordón umbilical de su hermano, se haya salvado porque el embrión que originó a Javier tuvo que ser elegido de entre otros por reunir una serie de cualidades que le convertirían en el salvador de su hermano y que los otros, los desechados, no tenían.

Creo que tienen derecho a mostrar su desacuerdo y oposición con lo que piensen que va en contra de su moral y la de los católicos  -no en vano se erigen en sus representantes-,  si bien no estoy con ellos en que traten de imponérsela al resto de ciudadanos, creyentes o no, que, además, no los tenemos, precisamente y por mérito propio, como referentes morales. Tampoco estoy de acuerdo en que el dinero que reciben del Estado sea utilizado para sus campañas, sobre todo si van en contra de lo que mayoritariamente pensamos el resto de ciudadanos del país. También creo que tenemos derecho a no estar de acuerdo con sus postulados y a manifestárselo a la cara sin que por ello deban sentirse atacados ni adoptar posturas victimistas.

Dicen que la Iglesia siempre ha ido con retraso al adaptarse a los cambios sociales, en adoptar decisiones, en modificar su ideario e incluso en asumir determinados posicionamientos científicos aún estando demostrados; debe ser esto lo que le confiere ese carácter tan conservador, tan conservador como que haya tardado 445 años en reconocerle a Galileo que “sin embargo, se mueve”, aunque a Galileo esto le suene a “chamusquina”.

Y a todo esto siguen perdiendo fieles, seguramente o porque no les ofrecen lo que les interesa o porque ya les cansa que hablen en su nombre sin que “comulguen”  con lo que dicen. Desde luego, si yo fuese Dios les quitaría la exclusiva de mi representación, o a lo mejor,  directamente, los expulsaba de mi templo.





El “niñodios”

13 03 2009
Andrés y Javier con sus padres. Foto: EFE

Andrés y Javier con sus padres. Foto: EFE

El Dios de los roucos está cabreado.

Los padres de Andrés pudieron  tener un hijo, Javier, que está libre de la enfermedad que padece su hermano desde que nació hace siete años y que él también hubiese padecido a causa de que al Dios de los roucos se le pasó por alto lo de la genética. Esto fue posible gracias a que los médicos del Hospital Virgen del Rocío de Sevilla fueron capaces de seleccionar a Javier de entre otros embriones para que naciera sano.

A los roucos no les gusta que el hombre juegue a ser su Dios -del que dicen tener el monopolio de su representación- ni para escapar de la muerte ni para salvar la vida de un niño, ni de dos. Tampoco les gusta que la gente muera sin dolores, acuérdense del doctor Montes. Aunque no estoy seguro de lo que pensarían si los que pasaran dolor o fuesen a morir atormentados por ellos fueran ellos mismos o algún allegado suyo, ni sabría precisar ahora si los roucos tienen familia o sólo allegados; ni siquiera estoy convencido de lo que harían si fueran los padres de Javier y de Andrés.

Pero el cabreo va más allá. Gracias a la manera “perversa” en que progresa la ciencia -¡y aquí, en Andalucía!- Javier no sólo se ha salvado de morir a los cuarenta años a causa de una enfermedad que no me importa cómo se llama y tras una anémica existencia -que le hubiese obligado a recibir transfusiones sanguíneas semanalmente-, hasta que la muerte lo hubiese separado de la vida, claro está, sino que para más INRI, con perdón, un trasplante suyo, de su cordón umbilical, va a permitir que su hermano Andrés se escape de ir a cielo de los roucos antes de lo que la cordura, la de cualquiera, entienda por razonable.

Los padres de Andrés y de Javier tienen la satisfacción de haber engendrado la vida doblemente: han traído al mundo a un hijo que deseaban y que por miedo a la enfermedad no se atrevían a concebir, y la de haber dado a luz gracias a la ciencia, en una segunda oportunidad, la de su otro hijo, Andrés, que fue engendrado en falso por culpa de la genética. Como pueden suponer lo que los roucos opinen al respecto se las trae al pairo, pero a pesar de ello su madre ha dicho que “Respeto a todos y pido a todos que me respeten. Yo no he hecho nada malo; todo lo que he hecho es salvar la vida a mi hijo”, que es mucho más humano y congruente que lo que los roucos han dicho de ella.

Dicen que Javier es un “niño medicamento” pero a mí, en realidad, me parece que es, como decía JRJ, un “niñodios”.

Amén.