Tengo que advertir antes de nada que no pretendo presentarme como fotógrafo, ni siquiera como aprendiz de tal. En realidad me gusta la fotografía, pero nunca, hasta el momento, he tenido la paciencia suficiente para hacer uno de esos cursos de fotografía digital que hay por ahí y de los que tengo localizados varios y siempre dejo para otro momento; ni para leerme el manual de instrucciones de la cámara de fotos. Tampoco me he hecho el propósito para este año de aprender de una vez por todas esos conceptos de la profundidad de campo, la velocidad de obturación, la iluminación y todas esas cosas de las que hablan los verdaderos fotógrafos y los buenos aficionados y con los que coqueteé en aquellos tiempos de la foto analógica. Tengo, además, amigos muy buenos aficionados, casi -y sin el casi-, profesionales que no se cansan de recriminarme los horizontes caídos, no jugar con las luces, ni con los fondos, ni con los encuadres…
Sí reconozco que de vez en cuando me gusta coger la máquina y, poniéndola en automático o alguno de sus programas predefinidos para no complicarme la vida, hacer alguna foto cuando veo algo que me gusta, y reconozco que lo seguiré haciendo.
La historia de esta foto es tan simple como lo que acabo de contar: un día ves una planta que tienes en casa, te sorprende su belleza -a pesar de que estás acostumbrado a verla a diario- y al mirar por la ventana y ver la luz de la tarde y el cielo tan azul y brillante, sacas la planta cámara en mano a un lugar donde puedas recoger todas esas sensaciones a la vez.
El hecho de compartirla aquí, hoy, se debe a que soy incapaz de negárselo a una de mis debilidades y porque las otras, cuando la vean, seguro que le dan la razón.







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