Andaba trasteando por ahí buscando algo que me sirviera para rendir un pequeño homenaje a la mujer en la celebación de su día, el Día Internacional de la Mujer Trabajadora, y he caído en la cuenta -para lo que no hay que ser un lince, evidentemente- de que ligar la condición de mujer a la de trabajadora no es más que una redundancia por razones evidentes.
Vuestra dignificación en el trabajo no sólo compete a las administraciones públicas, sino a todos nosotros. Las administraciones podrán legislar tratando de producir vuestra igualdad con los hombres en el mundo laboral, digamos, reglado -horarios, salarios, promoción,…- pero no pueden regular el “pluriempleo” forzoso al que os veis sometidas, quedando “fuera de convenio” el poner lavadoras, la plancha, el fregar suelos, la cocina, el desvelo con los hijos, …
Afortunadamente en mi mundo laboral no se producen discriminaciones por razón de sexo, de hecho tengo la suerte de tener más compañeras en el trabajo que compañeros, y todos y todas trabajamos con la misma competencia y el mismo reconocimiento. Pero es evidente que, en general, queda mucho que avanzar y mucho que hacer. También en el ámbito doméstico, en el de la convivencia familiar queda mucho camino que recorrer, seguramente como consecuencia de un problema educacional. Es en éste donde el hombre, como compañero, tiene más que decir que las administraciones en el terreno de la igualdad y es necesario nuestro propio convencimiento.
A las compañeras del trabajo las felicité el viernes y en casa felicitaré mañana. Hoy quiero tener un recuerdo para vosotras, amigas internautas: bloggers -enlazadas o no-, visitantes del blog, facebookeras, foreras y demás con las que tantos buenos ratos paso y de las que tanto aprendo.
Un beso a todas, compañeras. Pero ya sabéis, este regalo no lo abráis hasta el domingo.
Ayer tuve la oportunidad de asistir a un acto conmemorativo del sexagésimo aniversario de la Declaración Universal de los Derechos Humanos en el que se presentó la obra de 






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