Cualquiera que durante los próximos días se dejara caer por alguno de los rincones de Andalucía, podría llevarse una impresión errónea sobre la religiosidad de este pueblo.
No quiero poner de manifiesto aquí, ni siquiera insinuarlo, que al pueblo andaluz le falte este sentimiento, cada uno la tendrá en la dosis que lo estime oportuno, pero tampoco es conveniente establecer conclusiones sobre él a tenor de lo que pudiera observarse a riesgo de equivocarse.
Cierto es que durante la Semana Santa andaluza no es difícil, sino todo lo contrario, encontrarse de lleno, por cualquier pueblo o ciudad, con una serie de imágenes acompañadas por multitud de “nazarenos” que con sus túnicas y capirotes procesionan por las calles entre una multitud expectante. Como puede suceder con otras manifestaciones religiosas tales como las romerías, incluidas las más grandes como la de la Virgen de la Cabeza o la de El Rocío, hay que saber sopesar y también diferenciar en ellas la componente religiosa de otra serie de factores que promueven la participación y asistencia a estos actos como puedan ser el cultural, la tradición y, cómo no, la pura diversión.
En muchas de nuestras ciudades y pueblos los pasos de Semana Santa amén -nunca mejor dicho- de su simbología, son obras de arte, y no es ése el único arte que puede apreciarse en las calles en esto días. No es difícil encontrarse viendo las procesiones, junto a personas que lo viven con espiritualidad, a una gran masa que aprecia la belleza de la imaginería, las tallas de los pasos, los bordados de los palios y el arte de las cuadrillas de costaleros cuando marchan al son de Campanilleros tocado por las bandas que acompañan a los pasos.
Entre nosotros viven verdaderos entendidos, con sentimientos religiosos o no, a los que les gusta buscar los rincones más pintorescos y menos concurridos, de esos que tenemos en Málaga, Sevilla, Cádiz, Granada, Huelva, Ayamonte y otros tantos lugares de nuestra geografía, para apreciar una buena “levantá” tras el golpe de llamador -¡a ésta es!-, y una buena “chicotá” mientras se escuchan, en el silencio de la noche, las voces del capataz que, convertido en los ojos de los que llevan el paso sobre sus hombros, da las indicaciones para salvar una esquina, un cable del tendido eléctrico o cualquier otro obstáculo sin dañar las tallas o los adornos, deleitarse con el sonido del arrastrar de los pies de los costaleros y del batir de las bambalinas del palio sobre los varales, y con el olor a cera mezclado con el del azahar. Todo esto tiene algo de mágico que atrae tanto al religioso como al que vive, sin faltar al respeto del anterior, la Semana Santa en la calle con un recogimiento, digamos, distinto del de la fe.
Puede llamar la atención del foráneo que, con su idiosincrasia, este pueblo pueda compaginar lo religioso con lo profano, el recogimiento con la alegría, la devoción con la diversión… Lógicamente, nadie pretende que se nos entienda.
Qué habéis dicho