En julio de 1997 mi hijo tenía 4 años recién cumplidos. Yo creí que, aunque él no tuviera conciencia de qué significaba el lazo negro que su madre y yo prendimos en su pecho, lo estábamos educando para la democracia y para la libertad. A mí me parece que lo estamos consiguiendo. Marchamos por la libertad, primero, de Miguel Ángel Blanco y para protestar contra su inútil muerte y apoyar a su familia y a todos nosotros, después, junto a miles, cientos de miles, millones en todo el país, de personas sin carnés ni militancias.
No recuerdo en aquella época los debates mediáticos de tertulianos a sueldo por la gestión de su secuestro, ni que la oposición política de entonces hiciera de aquello un casus belli, sino todo lo contrario; recuerdo silencio y dejar hacer a quien debía hacerlo. Aquello, por desgracia no salió bien, pero no recuerdo que nadie lo echara en cara ni exigiera responsabilidades a nadie a excepción, claro está, que a los culpables de aquella atrocidad.
¿Qué nos ha pasado para que en el caso del secuestro del atunero Alakrana se esté hablando más de la actuación del Gobierno -durante y después del secuestro- que de los responsables a pesar de que el episodio se ha saldado sin víctimas? ¿Quién o qué ha pasado por la política española para que hayan cambiado de esta manera las reglas del juego?
Cuando en 1996 ETA asesinó a Francisco Tomás y Valiente, José Mª Aznar, aún en la oposición, declaró que el entonces Presidente Felipe González “tenía algo de culpa en el asesinato”. Quizás aquí estuviese el principio del cambio, del cainismo.

Andaba trasteando por ahí buscando algo que me sirviera para rendir un pequeño homenaje a la mujer en la celebación de su día, el 
Es costumbre asociar el fútbol con los contratos millonarios de los jugadores, con las guerras entre las televisiones para ver quién se queda con los beneficios de las retransmisiones, con el “peiperviú”, con algún culebrón veraniego, e incluso con aquellos tiempos en que hubo un ministro que declaraba lo que llaman deporte rey de 






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